El black metal y la tragedia de vender perros calientes

Por: Alfonso Pinzón*

Black Metal Hot Dog

28 Days of Urban Black Metal — Black Metal Hot Dog 3 of 28 (foto tomada de Tumblr)

El artista del siglo XXI ha retornado a sus raíces de juglar medieval para ganarse la vida, tocando de ciudad en ciudad, de corte en corte, de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, de bar en bar, de metro en metro, de calle en calle, al final todo es lo mismo.

Cuentan las leyendas metaleras urbanas que existe un afamado y talentoso baterista de una afamada y talentosa banda de Black Metal, quien ondula de forma paradójica entre el “glamour” de las giras mundiales, y la dureza de vender perros calientes por las gélidas calles escandinavas de su ciudad natal.

Ganarse la vida vendiendo perros calientes no es una tragedia; “el trabajo no es deshonra”, como dirían los abuelos. Pero puede llegar a serlo para aquel que tiene un sueño musical y debe enterrarlo todos los días en una salchicha.

Nick Menza (R.I.P.)Nuestro personaje en cuestión no está solo. Escribo estas letras mientras me entero del fallecimiento en tarima de Nick Menza, afamado baterista durante la era de oro de Megadeth. Dicen sus amigos cercanos que desde hace años estaba quebrado, en las drogas, y dedicado a trabajar en construcción, donde tuvo accidentes que le afectaron los brazos.  Si existieran datos que pudieran determinar el número de músicos profesionales que no viven de la música, obligados a ejercer otros oficios en el siglo XXI (me cuento entre ellos), probablemente la cifra sería tan escandalosa que muchos habríamos escuchado más a nuestros padres cuando nos advirtieron con toda la razón sobre los riesgos asociados con esta profesión. La vergüenza y el estigma social han hecho de este un tema tabú, y pocos músicos de renombre se atreven a reconocer lo que en el fondo ven como un fracaso.

El “¿de qué vas a vivir?”, resuena de nuevo en el interior de quien ha descubierto la dura realidad de un mundo donde nadie regala nada, donde ningún niño ha nacido jamás con ningún pan bajo el brazo. La historia no miente. Mozart murió en la ruina, y fue arrojado como un perro a una fosa común. Hay tantos casos de músicos caídos en desgracia económica a través del tiempo, que entre todos se podría formar un nuevo país… quebrado.  El peligro es real.

Pero, ¿porqué sucede esto? ¿Por qué el médico, el contador, el panadero, el bombero, el conductor, etc., por que todos viven de su profesión mientras la mayoría de músicos nunca lograrán hacerlo? Los más crueles y obtusos alegarán que es por falta de talento; que la Diosa Fortuna premia a unos pocos buenos, y que la mayoría de malos sencillamente están destinados a hacer otra cosa. Nada más lejos de la realidad. El talento musical inunda los metros y las calles del mundo, sólo hay que verlo en la red. Y para desarrollar talento y ejecutar de forma sobresaliente un instrumento hay que tener disciplina, lo cual derrumba el mito del músico “vago”. Pero talento y disciplina no son los únicos factores que evitan que haya que vender perros calientes para pagar el recibo de la luz; existen otras fuerzas que dominan el modelo de negocio en la industria musical —si es que aún se le puede llamar “industria”— las cuales catapultan a unos poquísimos a la gloria, y condenan al resto al purgatorio económico.

Un músico profesional tiene básicamente tres fuentes potenciales de ingreso: regalías mecánicas y de performance, regalías por vender mercancía, y remuneración por tocar en vivo.

El músico de metal, por su propia salud mental, debe olvidarse de la primera: las regalías mecánicas por ventas de discos son insignificantes hoy día, tanto en formato físico como en digital. Las posibilidades de licencias para el género son mínimas, y sólo tocando shows inmensos con promotores serios se logra ver algo de regalías por performance. Un músico que no toca metal tampoco tiene un mucho mejor panorama. Al fin y al cabo todos hacemos parte de una industria musical acorralada, cada vez más empobrecida. Aspirar hoy día a un contrato discográfico millonario es vivir en una mitología que ya no existe hace mucho rato, si es que alguna vez fue tan próspera como la soñamos.

Si en la composición y grabación hay poco dinero, nos quedan las otras dos: mercancía y conciertos en vivo.

Vender mercancía funciona cuando un artista es reconocido, pero la cuestión es aritmética: ¿cuantas camisetas, gorras y llaveros hace falta vender para sobrevivir dignamente, o para mantener una familia?

Esto nos deja con los pagos recibidos por tocar en vivo, hoy por hoy la única fuente seria de ingreso  que puede percibir un artista con una base sólida de seguidores. Esta fuente, sin embargo, está limitada a la geografía, pues los territorios se fatigan, y el público naturalmente no quiere ver al mismo artista todos los meses.

La concentración del ingreso en esta única fuente, ha hecho que el artista del siglo XXI deba retornar a sus raíces de juglar medieval para ganarse la vida, tocando de ciudad en ciudad, de corte en corte, de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, de bar en bar, de metro en metro, de calle en calle, y al final todo es lo mismo. Es la verdadera razón por la cual vemos una invasión de conciertos en vivo en América Latina en las últimas dos décadas. No es que ahora los vecinos del norte nos quieran y nos reconozcan más, es que nos necesitan para pagar su recibo del teléfono. Algunos de estos “circos rodantes” que acompañan a los juglares modernos tienen recursos, pero la mayoría son un circo pobre. Por ello, cuando baja el telón, hay que devolverse a vender perros calientes, la que termina siendo una opción “estable”.
¿Qué significa esto para un músico?

Nada, en esencia. El verdadero artista seguirá siendo artista, a pesar de todas las advertencias, pues el arte genuino no se hace por dinero, afortunadamente.

Sin embargo, los músicos que aspiren vivir de la música en el siglo XXI tendrán que echar mano de toda su creatividad, no sólo en el plano artístico sino en el manejo de su carrera, aprovechando al máximo la nueva dinámica creada por las posibilidades tecnológicas. Atrás quedaron los días donde el músico podía darse el lujo de preocuparse únicamente por crear y tocar. En las nuevas ideas, en la frescura de la verdadera innovación esta el salvavidas que rescate el negocio musical, y de paso la dignidad de los que genuinamente le pertenecen a una tarima.

[Este artículo se publicó originalmente en nuestra edición impresa]

* Alfonso Pinzón es un músico colombiano radicado en Estados Unidos (primero en Los Ángeles y actualmente en Brroklyn, NY) que, además de ser miembro fundador de AGONY y uno de los cerebros tras DÍA DE LOS MUERTOS, se ha destacado como productor en los álbumes Ominous Doctrines of the Perpetual Mystical Macrocosm (2011) y Obscure Verses for the Multiverse (2013) de la celebrada banda INQUISITION.

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5 pensamientos en “El black metal y la tragedia de vender perros calientes

  1. Ya se sabe, buen contenido, pero resalto la redacción perfecta y el preciso uso del lenguaje para comunicar sin ambiguedades, eso si se ve poco en medios de METAL, felicitaciones Alfonso, no sabía que tenías el don de la escritura, que no es fácil.

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