VITAM ET MORTEM – «El río de la muerte» (2020)

Un álbum puede analizarse de varias maneras. Una es ir canción por canción, sin ningún orden en particular. Otra es seguir el orden propuesto en el álbum. Pero cuando se sabe de antemano que se trata de un álbum conceptual, es conveniente entonces abordarlo como un todo. El nuevo álbum de VITAM ET MORTEM se presta para este ejercicio.

VITAM ET MORTEM – «El río de la muerte» (2020). Ilustración de Carlos Jácome.

VITAM ET MORTEM – «El río de la muerte» (2020). Ilustración de Carlos Jácome.

Con base en el libro «Los Escogidos» (2012) de la periodista Patricia Nieto, y haciendo un paralelo con la mitología griega, «El Río de la Muerte» cuenta una historia alucinante y macabra a la vez: el devenir de las almas en pena de los muertos insepultos y sin nombre, cuyos cadáveres eran arrojados al río Magdalena, y qué pasaba con sus cuerpos.

La obertura insinúa los motivos musicales que, enmarcadas en la sección rítmica, resurgen en las canciones. Avanza a paso firme guían al oyente a lo largo del álbum, marcando el camino con precisión milimétrica y dando una base sólida al elemento melódico que confiere dinamismo al conjunto. Por su parte, las líneas melódicas en las canciones, estructuradas a partir de los riffs de cada corte, son la fuerza motora en cada composición, dando así consistencia al relato sonoro que propone toda la obra.

Porque «El Río de la Muerte» es justo eso; un relato sonoro, un viaje musical, cuyo hilo conductor bien puede ser la estela que dejaban a su paso los cuerpos insepultos al bajar por las aguas del río Magdalena, “la gran fosa común de Colombia”. Cada canción puede abordarse como un relato distinto, pero todo el álbum es una letanía ritual, un canto fúnebre en tono sepulcral a los muertos olvidados de la guerra.

El paisaje musical queda pintado con la oscura parodia al villancico tradicional de ‘Los cuerpos en el Río’, el melancólico rasgueo y el redoble de tambor en ‘Plegaria a los muertos’, que bien pudieran ambientar la escena de una ejecución justo antes del tiro de gracia, o el ulular del viento en ‘El Animero’ que evoca tanto las almas que van camino al descanso eterno como aquellas que claman por eterno reposo, pero la travesía por el río de la muerte inicia con el ruido de los remos golpeando las turbias aguas del Aqueronte.

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Aqueronte, el río de la tragedia en la mitología griega, era la frontera entre el mundo de los vivos y el Inframundo. Siempre y cuando hubieran sido sepultados, las almas de los difuntos esperaban en sus riberas para ser transportados a la otra orilla por Caronte, el Barquero de los muertos. Pero si estaban insepultos, Caronte se negaba a llevarles, y las almas de los muertos vagaban por las orillas del Aqueronte durante 100 años hasta que Caronte accedía a llevarlos. Y aquí entra el relato de VITAM ET MORTEM.

Cuando no quedaban en el fondo, devorados por los peces en el río, los cadáveres terminaban deshaciéndose, podridos por la humedad, en las mallas de los pescadores que, guiados sin saberlo por el arquetipo de Caronte, hacían las veces de psicopompos, llevándoles a buen reposo. En el mejor de los casos, los cuerpos encallaban a orillas del Magdalena, siendo recogidos para darle sepultura apropiada, usualmente marcando las tumbas con un “N.N.” y un número. Y aquí viene lo alucinante.

Tumba a tumba, los lugareños “adoptaban” a esos muertos como si fueran propios; cambiando el número de las lápidas por el nombre de su preferencia, o por el suyo propio, hacían la novena de difuntos para que las almas errantes pudieran transitar en paz al otro mundo. Al fin y al cabo, alguien más debe estar buscándoles, llorándoles, sin saber dónde están sus cuerpos. De esta manera, en un imprevisto sincretismo de religión, folclor y atavismo pagano y atemporal, los campesinos de la zona repetían sin saberlo los ritos funerarios de antiguas civilizaciones: invocando al Animero, aplacaban a Caronte.

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De esta manera, las figuras del Barquero y el Animero trascienden latitudes, creencias y tradiciones. Las aguas del Aqueronte y el magdalena se confunden en un único torrente, turbio y caudaloso, que desemboca en las fosas insondables del Averno. El diálogo musical en el rito funerario de guitarras, bajo y batería, queda mejor expresado en sus letras: “por el gran portal de la muerte, nadie desciende dos veces”.

Ya sea con el siniestro piano a mitad de la fúnebre tonada en ‘El Animero’ que retumba mientras el lúgubre personaje describe su paso llamando de tumba en tumba a las almas en pena, el tableteo de las ametralladoras de las guitarras en ‘La danza de los gallinazos’, con su imposible estribillo macabro que estremece la piel y nos recuerda que somos carne para gusanos; el cántico plañidero al Barquero de las almas que le ruegan para que les lleve en su barca.

La música puede contar una historia o pintar un paisaje. Dicho de otra forma, la música es a la vez una narrativa, una banda sonora que por sí sola, logra evocar imágenes, sin necesidad de letras. El papel de las letras –de haberlas– es describir los detalles de dicho paisaje o historia.

La música para las letras de este álbum es la banda sonora de la travesía por el río de la muerte. Y es que ir canción por canción es casi como remar junto a Caronte sobre las aguas pantanosas del río de los olvidados, viendo cómo los cuerpos hinchados, cercenados o mutilados, emergen de las aguas en la noche estrellada, simulando enormes peces que asoman el lomo entre las aguas arremolinadas del turbulento río.

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Uniendo estas imágenes dantescas con el hilo conductor de la música, se llega al corte final, ‘Nomen Nescio’, la elegía dedicada al muerto sin nombre; esa persona desconocida; él o ella, que bien podríamos ser tú o yo, cuyo regreso alguien espera mirando constantemente al horizonte.

El principal factor a resaltar en «El río de la muerte» es la calidad de la composición. Cada elemento encaja a la perfección en su lugar, no hay abusos de solos, la melodía va sobre los riffs guiando a cada canción. El tono lúgubre y solemne de la mùsica,  dirige la agresividad y le confiere pesadez, logrando así una atmósfera más densa y amenazante, cargada de oscuridad y misticismo. El segundo elemento, y tal vez el más atrevido, es el concepto general tras el àlbum y el proceso creativo que conlleva la obra. Esto, en particular, es algo pocas veces visto en la escena colombiana, una escena prolífica y diversa, pero que, musicalmente hablando, sigue en su zona de confort.

En cuanto a los aspectos técnicos, hay que decir que a excepción de los platillos, a los que tal vez les faltó mayor presencia. la mezcla ajusta cada instrumento a un nivel de equilibrio, de manera que cada elemento es perfectamente identificable y audible. La producción tiene una factura impecable.

Los dos cortes extra del álbum son las regrabaciones de ‘Ritos de Muerte’ (cover de MASACRE) y una nueva versión de su clásico ‘Yo Soy el Siguiente Muerto’, muy a propósito del tópico del álbum, por cierto.

Con el arte gráfico de Carlos Jácome, mezclado y masterizado por Jari Lindholm en Suecia, y prensado en simultánea por Satanath Records (Rusia) y Exhumed Records (Ecuador), «El Río de la Muerte» es la narración, en música y letras, del drama y la relación entre los vivos y los muertos insepultos y olvidados cuyos cuerpos aparecieron durante años en los cauces y campos de Colombia, que sirvieron de carroña y abono en campos abandonados y tumbas sin nombre. Con fiera mirada, Caronte sigue remando en las corrientes y riveras de todo el planeta.

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1 comentario en “VITAM ET MORTEM – «El río de la muerte» (2020)

  1. Daniel
    tu trabajo de escritura y tu lectura relacional con todo el conocimiento que has construido a lo largo de los años muestran una persona muy valiosa.
    saludos

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